Por: Lic. Lisa Lewin de Céspedes
El desarrollo de un país no se construye únicamente desde el Estado. Se construye, sobre todo, desde la iniciativa de sus ciudadanos.
Hoy enfrentamos una realidad que merece ser reflexionada: mientras más grande se vuelve el Estado en sus responsabilidades, más se reduce, muchas veces, el espacio para que el ciudadano emprenda, innove y genere oportunidades por sí mismo.
No se trata de eliminar el rol del Estado.
El Estado es necesario para regular, garantizar reglas claras y proteger el bien común. Pero cuando su tamaño y alcance crecen sin equilibrio, puede terminar desplazando la iniciativa privada y limitando el desarrollo de una cultura emprendedora.
Y ahí es donde surge una preocupación real.
Como sociedad, estamos formando generaciones que, en lugar de pensar en crear empresas, innovar o generar empleo, están enfocadas en buscar estabilidad a través del empleo público. No hay nada de malo en el servicio público, pero cuando se convierte en la principal aspiración colectiva, algo está fallando.
Porque los países no crecen solo con más funcionarios.
Crecen cuando hay ciudadanos que arriesgan, invierten, producen y generan valor.
Pero para que eso ocurra, también es necesario entender algo fundamental y cada actor tiene un rol que cumplir.
El rol del Estado
El Estado no está llamado a hacerlo todo, pero sí a hacer bien lo esencial.
Debe garantizar:
• Seguridad jurídica
• Justicia efectiva
• Educación y salud
• Infraestructura
• Reglas claras que permitan competir y crecer
Cuando el Estado se enfoca en esto, crea las condiciones para el desarrollo.
Cuando intenta abarcar demasiado, pierde eficiencia y debilita su propia función.
El rol de la empresa
El sector privado es el motor de la economía real.
Las empresas son las que:
• generan empleo,
• invierten,
• innovan,
• y dinamizan el mercado.
Pero su crecimiento debe estar acompañado de responsabilidad:
ética, transparencia y compromiso con la sociedad.
El riesgo del desequilibrio
Cuando el Estado crece sin límites, se generan distorsiones.
Menos espacio para emprender.
Más dependencia.
Mayor presión sobre los recursos públicos.
Y en contextos donde el control es débil, esto puede abrir paso a la corrupción, afectando la confianza, la estabilidad y el futuro de todos.
Porque cuando no hay estabilidad, no hay desarrollo sostenible.
El verdadero desafío
El desafío no es elegir entre Estado o mercado.
El desafío es lograr equilibrio.
Un Estado fuerte en lo esencial,
empresas dinámicas y responsables,
y ciudadanos que no esperen todo, sino que se animen a crear, emprender y construir su propio camino.
El desarrollo no nace de la dependencia, sino de la capacidad.
Y esa capacidad está en cada persona que decide no solo buscar oportunidades, sino crearlas.








