Por Constantino Klaric F
Klariclab@yahoo.com

Durante décadas, tres aspectos resumían el orgullo de nuestra tierra: “Cochabamba reconocida por su excelente clima, el Lloyd Aéreo Boliviano y el Wilstermann”. Era nuestra síntesis de identidad, progreso y pertenencia. Hoy, esa trilogía luce herida. Y cabe preguntarnos, con honestidad: ¿qué nos pasa a los cochabambinos que no sabemos defender lo que fue y puede seguir siendo motivo de orgullo?

En el ámbito empresarial y aeronáutico, la desaparición del histórico Lloyd Aéreo Boliviano marcó un antes y un después. Durante años, la aerolínea bandera de Cochabamba conectaba al país con el mundo, llegando incluso a operar rutas internacionales con varias frecuencias semanales. Hoy, 17 años después de su salida de operaciones, el vacío se siente con más fuerza. En encuentros internacionales como la reciente reunión de la CAF en Panamá, Bolivia no contó con una línea aérea propia que represente su historia y capacidad. En contraste, la panameña Copa Airlines mantiene varias frecuencias diarias, consolidando su presencia regional mientras nosotros destinamos divisas a compañías extranjeras.

La pérdida no es solo económica; es simbólica. Fue también el Lloyd quien dio impulso y sustento al club que se convertiría en otro emblema cochabambino: el histórico Club Jorge Wilstermann. Nacido inicialmente como “San José de la Banda” —equipo formado por trabajadores vinculados a la aerolínea—, el club alcanzó glorias nacionales e internacionales, llevando el nombre de Cochabamba y Bolivia más allá de nuestras fronteras. Sin embargo, los últimos años han sido duros, y el descenso reciente golpeó el orgullo deportivo de la región.

Las ciudades no solo se construyen con cemento y asfalto; se levantan también con identidad y apoyo colectivo. Cuando la ciudadanía se vuelve apática, cuando deja de defender lo propio, los símbolos se debilitan.

En contraste, la gestión de nuestro actual Alcalde, ha sido para muchos un ejemplo de transformación visible. En cinco años, la ciudad ha experimentado cambios significativos en infraestructura vial, construcción de puentes y mejora de áreas verdes. Quienes viajan a otros departamentos notan la diferencia: mientras en ciudades como Santa Cruz de la Sierra o La Paz sus habitantes reclaman por congestionamientos, limpieza y falta de áreas verdes, Cochabamba ha consolidado su imagen de “ciudad jardín”, con parques cuidados y nuevas vías que permiten un flujo vehicular más ágil.

Recientemente, incluso ejecutivos de Boeing que visitaron la ciudad quedaron gratamente sorprendidos por su verdor y planificación urbana. Ese reconocimiento externo confirma lo que muchos cochabambinos ya perciben: el desarrollo no es un discurso, es una realidad tangible.
Hoy, la ciudad enfrenta nuevamente una encrucijada política. Más allá de afinidades partidarias —y es importante señalar que esta reflexión no responde a ninguna militancia— la pregunta es directa: ¿queremos sostener el rumbo de desarrollo que ha cambiado el rostro de la llajta, o permitiremos que la apatía nos haga perder lo avanzado?

A los 90 años, con medio siglo de vivencias y viajes por distintas ciudades del país, la mirada se vuelve más amplia y menos apasionada. Se trata de hechos observables: cuando hay trabajo y gestión, los resultados se ven; cuando hay indiferencia, lo que se pierde rara vez vuelve.

Cochabamba no puede darse el lujo de seguir perdiendo símbolos ni oportunidades. Ya vimos lo que significó dejar caer al Lloyd y no respaldar con firmeza a Wilstermann en sus momentos críticos. La historia reciente nos deja una lección clara: lo que no se defiende, se desvanece.

La decisión está en manos de los cochabambinos. Defender lo nuestro no es un acto político; es un acto de identidad. Porque el orgullo de la llajta no debe ser solo recuerdo, sino presente y futuro.

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